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NUESTRO RECUERDO A
JOSÉ ANTONIO
José
Antonio Román Ledo
(HUESCA, 1943 – ZARAGOZA, 2007)
Las letras aragonesas están de luto. Una vez más,
aunque, a veces, el dolor nos toca muy de cerca, porque no sólo
perdemos al escritor, sino también al amigo; al autor excelso y al
amigo entrañable e irremplazable.
Llevabas mucho tiempo, José Antonio, sufriendo
con tanta abnegación como optimismo el mordisco de la enfermedad,
esa dolencia que, al final, ha vencido; que una vez más ha ganado su
batalla con la vida, pero que jamás podrá arrebatarnos tu recuerdo.
Sin tiempo siquiera para presentar tu última obra, desapareciste un
23 de abril, día del libro, ¡sutil paradoja!, para recordarnos que
tu obra queda, plena de sabor y estilo; auténtica, como tú. Junto a
María Elena, tu fiel compañera y báculo infatigable, llegaste muy
lejos y fuiste un remanso de luz, ejemplo de sencillez natural, en
este mundo tan convulso en que nos ha tocado vivir. Ahora, nos miras
sereno y continuas iluminando nuestro camino desde un poquito más
arriba. Si, por un instante, conseguimos liberarnos de la codicia
que nos apega al polvo de la tierra y levantamos la mirada hacia las
estrellas, nunca nos faltará tu sonrisa esperanzada y afectuosa.
Una escritora. En el Periódico de Aragón
Muere Román Ledo, el narrador que cantó y
contó la magia del Moncayo
Escritor de estirpe surrealista
y goyesca, acababa de publicar un libro misceláneo de cuentos, citas y
aforismos: "Yogur griego".
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Fotógrafo: JOSÉ MIGUEL MARCO
José Antonio Román Ledo, en agosto de 2003
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ANTÓN CASTRO.
Zaragoza |
"Me gusta la vida, pero me gusta la literatura tanto
como la vida. Me siento "letraherido" desde niño, los folios en blanco
han sido mi papel de cambio con los compañeros que tenían dificultades
con las redacciones, aunque no escribo libros sensatos". Eso dijo José
Antonio Román Ledo (Huesca, 1943) tras publicar uno de sus libros más
iconoclastas: "Repertorio de engaños" (Huerga & Fierro, 2003), veinte
relatos que habían nacido de una línea, de una anécdota mínima, de una
voz.
Román Ledo, autor de una decena de textos de índole diferente, falleció
ayer a consecuencia de un cáncer, que se inició en el estómago. José
Luis de Arce, su amigo de la niñez, un viejo cómplice de mil y un
proyectos en torno a la revista "Barataria", que dirigió Román Ledo, y
la Asociación de Amigos del Libro, decía que falleció en la Clínica
Montpellier de Zaragoza "como un valiente luchador. Permaneció de pie
hasta hace un par de días".
Más que un escritor tardío, José Antonio Román Ledo empezó a publicar
tarde, a mediados los 90, y se dio a conocer con algunos poemas y
cuentos en revistas, y con dos libros de viajes: "El Moncayo" (Júcar,
1995), en el que describía un espacio que le era muy querido porque
Román Ledo tenía casa en Bulbuente, de donde es su esposa; y con
"Tarragona, Costa Dorada y comarcas del interior" (Nogara, 1996). Más
tarde, inspirándose en una imagen ciclista, publicó "La serpiente
multicolor" (Premio Isabel de Portugal de Narrativa; IFC, 1999).
A partir de entonces, su contacto con las publicaciones fue en aumento:
publicó textos en volúmenes colectivos sobre Veruela, como "Leyenda del
Chupina". Ese lugar de múltiples magias le posibilitó entrar en contacto
con el poeta y guionista de Buñuel Julio Alejandro, al que le dedicaría
una biografía: "Julio Alejandro, Guionista de Luis Buñuel. Una vida
fecunda y azarosa" (BArC, 2006).
Otro de sus libros es "Gaseosas de papel" (Certeza, 2004), en el que
mezclaba diversos personajes inventados con otros reales como Lewis
Carroll, Charles Perrault o Enrico Caruso. A esa estética de lo
fragmentario y lo novelesco pertenece su última obra, "Yogur griego"
(Certeza, 2007), que ha llegado a tiempo para el Día del Libro. Es un
libro de carácter enciclopédico y misceláneo, un "cajón de sastre" que
revela la forma de escribir de Román Ledo. La suya era una escritura
preñada de humor y surrealismo, con inclinación hacia la erudición y el
apócrifo, con bromas permanentes, con ejercicios de reflexión, con
continuos guiños al esperpento y al disparate. Una escritura que
reinvidicaba el placer: la comida, el vino, el sexo, la necesidad de la
palabra y el aroma del castellano viejo.
José Antonio Román Ledo se reconocía en Quevedo, en Cervantes, en
Monterroso. Y en García Márquez: también para él su primera maestra del
arte de contar fue su abuela. Creía en "el sentido universal de lo
aragonés". Encontró un paraíso de la imaginación en Quimpabán, muy cerca
de Bulbuente, en el corazón del Moncayo. Allí será incinerado (su
funeral se celebra esta tarde en Torrero, a las cinco) y sonará para él
la melodía de la banda de vientos que tanto le emocionaba.
Fallece el escritor José
Antonio Román Ledo
24/04/2007 EL PERIÓDICO ZARAGOZA
En la mañana de ayer, en que se celebraba el Día
del Libro, y dos días antes de que estuviese prevista la
presentación de su última obra, Yogur griego, falleció en
Zaragoza el escritor y gestor cultural José Antonio Román Ledo.
Nacido en Huesca en 1943, Román Ledo desempeñaba su labor de técnico
cultural en la Diputación Provincial de Zaragoza e impulsó la
creación de la asociación Procura, que reunía a los técnicos
culturales aragoneses.
Como autor destacaba por su gran capacidad
para crear atmósferas surreales y su gran sentido del humor. Entre
sus obras destacan los libros de viajes: El Moncayo (Edit.
Júcar, 1995) y Tarragona, Costa Dorada y Comarcas del Interior
(Nogara Libros, 1996), además de dirigir la revista de Letras
Barataria. Premio Isabel de Portugal 1998, de Narración Breve,
por su relato La serpiente multicolor, es autor también de
Repertorio de engaños (2203), La Leyenda de Chupina
(2003), Gaseosas de papel (2004), Un francés y el
emperador de Tahití (2005), La montaña marina (2005) o
El hombre de la chilaba blanca (2006), además de una biografía
del guionista de Buñuel Julio Alejandro, publicada por la BarC.
Escritores como Amadeo Cobas destacaban ayer
"su humor fascinantes, con muchos juegos de palabras y búsqueda de
giros del lenguaje. Incluso estando enfermo nos animaba, era muy
vital". Por su parte, Trinidad Ruiz Marcellán reaaltó la labor de
Ledo como impulsor cultural desde la DPZ y como autor su faceta de
antólogo, "ya que conocimos a Julio Alejandro mucho mejor a través
de él".

José Antonio Román Ledo, en el
olimpo del recuerdo
Diario del Alto Aragón. 24 de Abril de 2007
Entre olor a claveles y sabor a gaseosas de papel, a cañas
que humedecen los bigotes al sol del mediodía. Así se esfumó
un gran hombre, a hurtadillas entre un gentío vociferante
que ignora que la muerte nos acompaña haciéndose pasar por
nuestra amiga más íntima, que toma té a las siete y nos
presta sus tacones de vértigo, con la intención velada de
que a la menor ocasión nos demos un leñazo de aúpa. Era
flaco José Antonio, de mirada pausada y sonrisa abierta,
estival. Me acuerdo de eso ahora mientras le doy vueltas
entre mis manos a su “Yogur griego” (Ed. Certeza, colección
Cantela, 2007), antes de zambullirme en su fascinante
acidez, en ese humor tan suyo de hombre que pare tragedias
entre risotadas como si tal cosa, con esa humildad del
genio. También Cervantes y Shakespeare dieron su último
suspiro un día como hoy, un 23 de abril, diciendo “bay bay,
my darling” o “si te he visto no me acuerdo, cago en la
leche”. Yo sí voy a acordarme de ti, Román Ledo, y te voy a
buscar entre las páginas de todos tus libros. Te haré venir
del más allá y te quedarás conmigo a tomar una copita de
vino blanco, en el hotel de mi pensamiento, donde siempre
será enero en Berrueco, y jugaremos a saltar las pequeñas
hogueras que alimentan las vanidades.
A tu salud, compañero. Angélica MORALES. Escritora
ROMÁN LEDO: CONTAR Y PROVOCAR
por Antón Castro
JOSÉ ANTONIO ROMÁN LEDO
1.- PERFIL DEL AUTOR
Invocábamos ayer, como quien dice, a un puñado de escritores
oscenses. Bastantes, de mérito, con un lugar en los
anaqueles y en los manuales, y vivos, con brioso porvenir.
Seguramente nos hemos olvidado alguno, pero entre los
olvidados está uno de palpitante actualidad como José
Antonio Román Ledo (Huesca, 1943), que acaba de publicar en
Huerga & Fierro el volumen “Repertorio de engaños”, una
colección de relatos de trasfondo surrealista con su tamiz
esperpéntico y expresionista, y un lenguaje rebuscado en
ocasiones, elaborado, arcaizante, recuperador de vocablos
que se han quedado arrumbados en la prosa, en las ficciones
y en los copiosos diccionarios de antaño.
Características comunes a todos los relatos son el humor, su
sentido libresco (trascendido de inmediato: la cultura o la
erudición es un camino hacia la vida), la variedad de
paisajes y países y asuntos (lo mismo aparece la botella de
anís del mono que Robert Taylor en “Caravana de mujeres” con
la correspondiente alusión a Plan, Darwin o una soprano
enigmática), y un concepto del cuento que rebosa clasicismo.
Todos los cuentos, que arrancan de una frase o de una
entrada concreta en una enciclopedia (“cada frase genera una
idea”, señala el autor), están concebidos según el canon de
conflicto, nudo y desenlace, o de principio, “medio” o
“mitad” y fin “claro e inesperado”. Hay un homenaje
explícito a Huesca y al Pirineo en su libro, prologado por
Luis del Val, en el uso de topónimos oscenses o de pueblos
del Alto Aragón que ya han desaparecido: Barbusa, Urbán,
Sulupuico o Búbal, entre otros.
Un encuentro con José Antonio Román Ledo puede
deparar gratísimas sorpresas. Por ejemplo, no sabíamos que
había nacido en Huesca, de ahí nuestro olvido, muy cerca del
parque. Su padre era funcionario de Correos, y la familia
vivió en esta capital hasta 1950. Román Ledo, que es su
nombre literario, tiene tres hermanos: Mari Luz, ya finada,
Santiago y Carmen, que son profesores y que fueron sus
iniciadores en el mundo de las letras. Vivió una infancia de
niño enfermo de bronquitis crónica, y en esa época se dio un
atracón de lecturas: prospectos farmacológicos, cajas de
cerillas, hojas de galletas Artiach, con un personaje de
cómic como Chiquilín, y los autores clásicos: Julio Verne y
Emilio Salgari, pero también devoraba tebeos. Una de sus
primeras bibliotecas fue la llamada “casita de Blancanieves”,
en el parque, muy cerca de las pajaritas de Ramón Acín. Y
tenía una abuela que le arrojaba cuentos clásicos en su
cerebro como un sortilegio con personajes irrepetibles.
Esa experiencia le lleva a decir: “Me encanta contar
historias y que me las cuenten. Yo tuve una abuela que me
contaba historias sin cesar. La tradición oral es eterna”.
Reconoce como referencias a Cervantes, el maestro de cajas
chinas, o de cuento dentro del cuento dentro del cuento,
Julio Cortázar, Augusto Monterroso, el primer Cela, Valle-Inclán,
Poe, Lovecraft, el “Mendoza más divertido” y Francisco de
Quevedo. Lo más curioso es que este libro se ha desgajado de
un proyecto totalizador de más de 600 páginas, “El
Encyclopaedion”, que narra la historia de seis personajes
que se refugian en una bodega vinícola en el Moncayo –del
cual el narrador ha escrito una guía para Júcar-, ante la
inminente amenaza de ataque nuclear, y se entretienen
contando historias, un total de 120 cuentos. Quizá por ello,
Román Ledo (autor del volumen “La serpiente multicolor” (IFC,
1999), declare “letraherido que no escribe libros sensatos”.
2. ENTREVISTA
José Antonio Román Ledo (Huesca, 1943) es narrador, poeta y
viajero. Autor de “La serpiente multicolor”, publicó en
Huerga & Fierro su libro más ambicioso: “Repertorio de
engaños”, 20 cuentos surrealistas, preñados de humor,
invención, y variedad de épocas, ciudades y asuntos.
TITULARES:
1. “Soy un letraherido que no escribe libros sensatos”
2. “El ámbito del lenguaje no puede
ser el de la telebasura”
-¿Cuál es el origen de “Repertorio de engaños”?
-Un proyecto mucho más extenso, “El Encyclopaedion”, una
especie de “Decamerón” con 120 cuentos que narran una serie
de personajes refugiados en una bodega vinaria del Moncayo.
Esos cuentos parten de un pie forzado, de un par de líneas
de una entrada de texto, que es el pretexto, el
preargumento, para redactar un relato. Ese proyecto tiene
alrededor de 600 páginas y de él he desgajado estas veinte
piezas a partir de un pequeño ardid: el diálogo entre Sole y
su abuelo, lector de enciclopedias.
-Pero, ¿cabe hablar de una idea unitaria del conjunto?
-Sería esta: para sobrevivir necesitamos engañarnos. Fabrico
un cuento a partir de una línea, de una voz, de una
anécdota. Y además no quiero perder mi raíz: si algo valoro
es el sentido universal de lo aragonés.
-Hablemos de la atmósfera: esa inclinación surrealista, como
dice el prologuista Luis del Val, el gusto por el
esperpento, la presencia del humor...
-Me sale así. Hay muchas referencias y huellas en mi obra:
soy un admirador de Valle-Inclán, del primer Cela, de
Cortázar y Monterroso, de Eduardo Mendoza y de Quevedo. Del
cuento dentro del cuento de Cervantes. Y de mucha más gente,
como Poe o Lovecraft, que tienen un gran sentido del humor,
aunque sea macabro. Este es un libro desaforado adrede: me
gusta provocar, y a la vez intento normalizar las
situaciones cotidianas. No quiero angustiar ni zozobrar, si
acaso suscitar una reflexión a largo plazo. Somos poca cosa.
Ojalá a veces fuésemos monos: son más solidarios, no se
autodestruyen, se respetan más que nosotros, parecen más
civilizados.
-Ha hablado de provocar un poco. ¿Su lenguaje arcaizante,
barroco en ocasiones, infrecuente, no es también una
provocación?
-Desde luego. Creo que en el lenguaje estamos llegando a
unas cotas de pobreza bestial. Estoy harto de leer textos de
autores que escriben como hablan. Eso nos va a llevar a la
anemia lingüística. Acabo de oír hablar a unas jóvenes
ecuatorianas: el léxico sudamericano es pura música. Mi
lenguaje es aparentemente arcaizante: soy recuperador de
términos en desuso. El ámbito del lenguaje no puede ser el
de la telebasura. ¿Le digo una cosa?
-Por favor...
-El estilo se depura con el tiempo. Y yo también estoy en
ese camino. A mí me encanta contar historias y que me las
cuenten. Yo tuve, como suele decirse, una abuela que me
contaba historias. La tradición oral es eterna. Ahora, con
el calor, vengo a trabajar en autobús, y me saldrían ocho
cuentos por día si tuviese tiempo de hacerlos.
-Otra característica de su libro es el cosmopolitismo, la
diversidad de ubicaciones, ciudades, épocas...
-No quiero decir que he viajado mucho, aunque algo lo he
hecho. Pero fíjese en Julio Verne. La clave es si tú tienes
tu propio Macondo. Y mi Macondo particular es Quimpabán, un
lugar imaginario que toma su nombre de un término agrícola,
rústico, de Bulbuente. Y ese lugar tiene hasta una Banda de
Viento. También me preocupa la variedad de temas: aquí se
habla del anís del mono, de sopranos, de Robert Taylor y
“Caravana de mujeres”, de Charles Darwin, de animales, de
antropofagia, de la antigua Grecia...
-¿Cuál es su concepto del cuento?
-Para mí el modelo de estudioso y escritor de cuentos es el
Enrique Anderson Imbert, que ha explicado a lo largo y a lo
ancho la teoría y la estructura del cuento. Ha dicho que el
anticuento es lo que se lleva cada vez más, que puede ser
literatura, pero no es cuento.
-¿Dónde quiere ir a parar?
-Dejémonos de ambigüedades. Un texto sin conflicto, nudo y
desenlace no es novela ni cuento tampoco, viene a decir. El
cuento debe tener tensión narrativa. Hay un cuento de
Anderson Imbert, “El leve Pedro”, donde narra la historia de
un hombre que va perdiendo peso y al final se eleva por los
aires. El cuento es un género cerrado, pero no es una
cárcel, las palabras son libres e imaginativas, pero eso sí:
hay que acotar acciones con sentido, a mí me gusta mucho el
cuento realista al que luego se le suministra un golpe de
efecto sin dejar de acatar la razón, hay que urdir tramas,
crear personajes interesantes y bucear a tientas en la
psicología también, y yo le pido al cuento que tenga su
cronología: un principio, una mitad o intermedio y un fin.
-Es curioso esto que dice: sus cuentos son tremendamente
librescos, metaliterarios, y en ese sentido muy
contemporáneos...
-Es cierto. Me gusta la vida, pero me gusta la literatura
tanto como la vida. Me siento letraherido desde niño, los
folios en blanco han sido mi papel de cambio con los
compañeros que tenían dificultades con las redacciones,
aunque le confieso que no escribo libros sensatos.
-Usted fue uno de los asistentes a la creación de la
Asociación de Escritores en Aragón en Daroca. ¿Cómo valora
el encuentro y el posterior desarrollo?
-Muy positivamente. El mundo editorial presenta dificultades
que invitan a asociarse, como hacen otros gremios. Me
pareció muy bien: se dejaron al margen las dificultades que
caracterizan este oficio. Allí nadie fue como novelista o
como poeta ni de divino ni de nada. Se trataba de aparcar
diferencias y de definir la sustancia de los problemas
comunes que nos afectan para mejorarlos.
3
BIBLIOGRAFÍA
Román Ledo ha publicado numerosos relatos; Es autor de
diversos guiones videográficos y de dos libros de viajes:
"El Moncayo" (Edit. Júcar, 1995) y "Tarragona, Costa Dorada
y Comarcas del Interior" (Nogara Libros, 1996).Dirige en
Zaragoza la revista de Letras "Barataria" y participa en
obras colectivas, revistas culturales y turísticas (bajo la
apariencia de sus dos "alter ego": "Juan Campasolo" y "El
Compañero de Viaje"). Premio "Isabel de Portugal" 1998, de
Narración Breve, a su relato "La serpiente multicolor",
publicado en 1999 por la Institución "Fernando el Católico",
(Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Premio
"Búho-1996" de la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro
por su obra "El Moncayo". Acaba de aparecer su Leyenda del
Chupina, en el libro Visiones (Editorial Delsan, 2003).
También ha publicado Gaseosas de papel (Certeza. Colección
Cantela) y es uno de los autores del libro cedé Moncayo
mágico, con Monte Solo. Javier Aguirre escribe un “Viaje
lírico al Moncayo” y José Antonio Román Ledo, autor de “La
montaña marina. Circunnavegación pastoril”. El epílogo del
libro es de José Gastón. También ha publicado una biografía
de Julio Alejandro Castro, guionista de Buñuel, en la
colección Biblioteca Aragonesa de Cultura, que dirige Eloy
Fernández Clemente.
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